domingo, 22 de marzo de 2015

VIII.

[Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio.]
A veces conectas muchísimo emocionalmente con versos de cualquier tipo, y te planteas si haces las cosas bien o mal, si vas por buen camino.
Si realmente vale la pena continuar como hasta entonces o si eres merecedora de un cambio, grande o pequeño, importante o insignificativo.
Te cuestionas.
Pero también te sientes arropada, querida y comprendida, por las palabras escritas bajo el nombre de algún autor conocido o pertenecedor y mantenedor del anonimato.
Encuentras alguno de esos poetas con intensa originalidad, que consigue hacerte ver un mundo entero con sus palabras, y hace que, simples oraciones, puedan describir hasta un cúmulo de remordimientos, problemas o sentimientos en sí.
Que sientes que llega a salvarte, o incluso a hundirte, pero aun así, aunque te hagan llorar de rabia, aunque sientas cada palabra como un puñal clavándose en tu pecho, te identificas tanto que continúas, y te enamoras de cada una de las estrofas, de esos malditos poemas.

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